domingo, 3 de diciembre de 2006

A la aventura en Frankfurt, historias de un fin de semana

He de reconocer que hasta que no me vi en el avión aquel viernes 24 de noviembre, llevaba un poco de miedo a quedarme tirado en la aventura, al fin y al cabo yo había comprado los billetes y yo había hecho las reservas del hotel, todo ello con cargo a mi tarjeta de crédito.

Pues bien, al comenzar la tarde del viernes me dirigí a Orihuela a recoger a María con la cual proyecté el viaje relámpago y a sus dos amigos, Roberto y Amalia, que se nos unieron en esta improvisada aventura.

Como lo comentaba mi jefe el otro día, hay cierto tipo de gente que gusta de organizarse todo al detalle, y he de reconocer que yo soy uno de ellos. Mapas de todo, más los planos que había en mi cabeza, más el organizar los horarios y ver que me cuadraban, vamos, las 4 dimensiones las llevaba bien estudiadas.

Llegamos al aeropuerto de San Javier y tras unas cuantas aventuras a la hora de facturar (estas leyes nuevas sobre el equipaje de mano con las que María tubo algún que otro problema) embarcamos en el vuelo de cierta compañía de bajo coste con destino a Hahn, un aeropuerto algo alejado de Frankfurt pero con buena (y cara) conexión por autobus con Frankfurt.



Llegamos a Frankfurt y nos encaminamos hasta el hotel, fue curioso saber orientarse por una ciudad y un pais en los que nunca había puesto el pie antes, cosas de las nuevas tecnologías, cosas de poder ver los mapas y los sitios con tantas aplicaciones nuevas como hay ahora.

Sin más dificultad nos encaminamos hacia el hotel, cercano a la estación de tren, un lugar muy variado, un lugar de paso para gente de todos los paises, todas las etnias, etc. Nos alojamos sin más problemas en nuestro hotel (y restaurante chino a ratos), nos instalamos en nuestras habitaciones y rápidamente a la calle, donde nos pusimos a buscar algo que comer, dado que estabamos en una zona algo internacional lo complicado era buscar comida típica alemana, asi que nos conformamos con cenar en un restaurante italiano regentado por un pakistaní en una ciudad alemana, con clientes españoles e italianos, una buena mezcla si señor.

Nos dimos una vuelta por los alrededores, viendo el nivel de vida de allí, viendo la sede del Banco Central Europeo, de la Ópera de Frankfurt, dimos una vuelta alrededor del río Main, y deshicimos el camino volviendo de nuevo al hotel.

La mañana siguiente, la del sábado 25, comenzó temprano, a las 7 y media. Nos duchamos, nos arreglamos, fuimos a desayunar (en España se come bien, pero hay que reconocer que los alemanes tampoco tienen comidas que se puedan despreciar, al menos nada me supo excesivamente extraño) y salimos a la calle. Nuestro primer destino la estación de tren donde se situaba la oficina de turismo, fuimos atendidos por una agradable señora que nos indicó en un correctísimo español fruto de muchos años residiendo en Mallorca, lo más destacable de la ciudad que nos esperaba, y aunque muchas de esas cosas ya las tenía en mente disfrutar, siempre se aprende algo teniendo información de primera mano)

Nos dirigimos hacia el sur, a cruzar el río y dirigirnos hacia Sachsenhausen, donde por el camino encontramos un rastro donde ciudadanos de allí, y me da a mi que tambien algunos de los que aquí llamaríamos manteros, ponen a la venta sus pertenencias que ya no usan.

En esa misma ruta nos encontramos con una gran cantidad de museos a los que pudimos echarles un vistazo. Nos compramos las típicas... ¡como no! Salchicas de Frankfurt. Hay alguna foto de ese instante, ejem ejem.

Entre pitos y flautas ya estábamos más cerca de Römer, el centro histórico de la ciudad, que desde finales de noviembre y hasta el fin de la navidad goza de un mercado de invierno, el Christkindeslmarkt donde la gente come, bebe, hace las compras navideñas y se divierte en estos frios meses por allí (que por cierto para mi gusto tampoco eran tan excesivamente frios, se ve que en las ciudades germanas el clima es distinto).

Mientras las chicas hacían las compras Roberto y yo hicimos lo que todo tio debería hacer en la tierra de la cerveza, beber. Y eso hicimos, pedirnos unas cervezas mientras contemplabamos el enorme moco de un aleman nacido en italia que hacía de guía de sus familiares venidos de la península itálica, al final el italoaleman entendía español y nos dió un poco de conversación.

El mercado es impresionante, nunca has vivido la navidad de verdad si no has vivido un mercadillo de estos, se respira navidad como en las películas, y encima de todo el lugar sobre el que se asienta es un lugar impresionante, de singular belleza y lleno de historia, donde han tenido lugar sucesos que se remontan a la época de los romanos, pasando por los emperadores alemanes, etc.

No teníamos que caminar mucho para llegar a la Catedral Imperial, un edificio gótico que fue sede de 10 coronaciones imperiales.

Continuamos nuestra ruta por el mercadillo, pasamos junto a la Iglesia de San Pablo, lugar donde tuvo lugar la primera reunión de un parlamento germano y tras ello continuamos hacia la zona donde se asientan los centros comerciales, en un tránsito entre el mercadillo navideño medieval y el consumo navideño occidental, nos adentramos a la Zeil Galerie, de la cual tenía oidas que en lo alto tenía un mirador desde el que poder tener una gran perspectiva del casco antiguo y el centro urbano de la ciudad.

Tras nuestra visita a la Zeil Galerie nos encaminamos a visitar alguno de los rascacielos, y nuestro intento con el Commerzbank fue totalmente infructuoso, con un portero un tanto desagradable que poco más y nos echa de alli a patadas.

Por suerte Main Tower está abierta al público y tienen el detalle de hacerte descuentos si muestras tu carné universitario, seas o no seas de alemania. Subimos al mirador en un ascensor a velocidad de vértigo y las ultimas plantas hasta la azotea las hicimos a pie, el mirador impresionante, por suerte para los que sufren vértigo no se ve directamente el suelo porque lo tapan los pisos inferiores, pero el horizonte que se puede contemplar es impresionante. Aunque al principio María sufrió algo las alturas a las que nos encontrábamos pronto todos, ella incluida, pudimos disfrutar de aquella espectacular vista.

Bajamos del rascacielos y la verdad que el día de batalla ya empezaba a notarse, aunque teníamos ganas de seguir de fiesta nuestros pies no daban más de si, nos dimos una vuelta y descansamos frente al rio ya que el museo que intentabamos visitar había cerrado ya sus puertas. Regresamos al hotel y cenamos en el chino que había justo al lado del hotel. Cuando digo restaurante chino es un restaurante para chinos, no un restaurante de comida china como acostumbramos aquí en España.

Aprendimos las virtudes de lo bueno que es hablar en español con gente que no nos entiende, solo Dios sabe las burradas que pudimos llegar a decir a los chinos, al italoaleman del moco y a no se cuanta gente más.

Si ya la nota que le habíamos puesto al día era bastante alta, no pudimos darle la matrícula de honor porque nuestra alma ya no podía más, nos hubiera apetecido visitar una céntrica sala de fiesta que se encontraba a los pies del Banco Central Europeo pero no hubo manera, lo dejaremos pendiente para la próxima vez que vayamos.

A la mañana siguiente, domingo, vuelta a casa, hicimos las maletas, asaltamos el buffet del desayuno, y corrimos hacia donde estaba la parada del autobus que ya estaba a punto de dirigirse a Hahn de nuevo, lo pillamos por los pelos y esta vez si pudimos ver el paisaje que durante la ida no pudimos ver, los verdes prados, esos pueblos y esos rios, así hasta que llegamos al aeropuerto, donde facturamos las maletas con mucha suerte (Amalia 14.9 kilos, cuando lo máximo eran 15), nos fuimos a tomar cervezas y de compras (como no) y pasamos a la zona de embarque justo a tiempo, pues mientras pasábamos el control hacían el llamamiento para subir al avión que nos llevaría de vuelta a Murcia. Vuelta a casa, previo paso por Orihuela donde me despedí de mis compañeros de viaje y luego a casa a dejar las maletas, descansar y recordar los buenos momentos pasados durante el fin de semana.